Por más brasileños tristes, enojados o los dos

Hace una semana que el Carnaval en Brasil acabó. Listo, ahora puedo volver a mi felicidad. Por favor, no me juzguen equivocadamente: yo amo el Carnaval, pero cuando uno está lejos y en la peor parte del invierno, el sólo hecho de oír acerca de eso se convierte en una tortura.

El otro día estaba hablando con un músico gringo acerca de música – medio obvio –. Él me decía que la música brasileña le sonaba triste. Yo me quedé super ofendida por eso. De verdad, ¿cómo puede ser que la gente más alegre del mundo tenga una música triste? ¿Él estaba loco?

Cuando estaba preparando la lista musical para una fiesta de Carnaval en mi casa, empecé a oír las canciones con un oído extranjero. Bueno, acabé por darme cuenta de que sí, nuestra música suena triste. Nosotros bailamos, tenemos tambores, pero hay una nota musical baja en la escala, que no llega a ser un fado portugués, pero suena súper triste.

Fue casi imposible no volver al famoso cuadro de Tarsila do Amaral, o Abaporu. Me acuerdo que cuando lo vimos juntas en el MOMA, Teresa me preguntó por qué el Abaporu era tan triste “¿Es porque él tiene los pies grandes?” (y yo sólo pensando en mi zapato tamaño 40…).

Como brasileños, nosotros tenemos los colores, nosotros heredamos el ritmo, pero no nos damos la oportunidad de estar tristes o enojados, es culturalmente penoso para nosotros. Por favor, no me interpreten equivocadamente otra vez: nosotros podemos estar o ser felices, pero no DEBEMOS SER felices, yo creo que eso no es posible.

Si me conoces hace algún tiempo, probablemente temerás acerca de mi estado mental en este exacto momento: “Seguro está depresiva”, vas a pensar.

Generalmente soy muy positiva e intento mantenerme así. Tenía la costumbre de reírme de mis situaciones más difíciles por esa obligación de ser feliz. Algo ha cambiado bien por aquí: con otras culturas he aprendido que todavía puedo reír, pero he cambiado para “reír porque soy agradecida por la oportunidad de aprender”.

Yo prefiero ser positiva en lugar de feliz. Yo pensaba que eso era lo mismo, pero no lo es. Uno puede acomodarse en la tristeza. Creo que tristeza y rabia con positivismo pueden llevar a la gente a una solución mejor. La falsa felicidad, por otro lado, puede llevarnos a una obligación, a un sentimiento de vacuidad, de algo que nunca puede ser llenado.

Yo veo en el trabajo de Tarsila la enseñanza acerca de los colores de nuestra tristeza. Ellos pueden ser crudos, fuertes y positivos, y solamente nosotros somos capaces de escoger la forma en que queremos reflejarlos. El resumen de la historia es que super me relaciono hoy en día con el Abaporu – incluyendo el tamaño de los pies –.


PS: A pesar de ser uno de los cuadros más representativos de Brasil, la residencia oficial del Abaporu es el MALBA (Buenos Aires – Argentina). Dada la relación histórica entre Brasil y Argentina, eso sigue siendo una ironía enorme para mí… de verdad.
Advertisements

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out /  Change )

Google photo

You are commenting using your Google account. Log Out /  Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out /  Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out /  Change )

Connecting to %s

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.

Powered by WordPress.com.

Up ↑

lapieldelabatata

Bocetos, versiones, fragmentos de realidad · Textos por: Andrés Gómez O

The Daily Post

The Art and Craft of Blogging

%d bloggers like this: