Señora Esperanza

Tengo una compañera de trabajo que es brasileña. Su nombre es Marcella. Marcella me contó que antes de trabajar en esta empresa ella solía vender bikinis en el invierno. Yo sé que la historia, en la práctica, fue superdura para ella, pero eso me pareció de una poesía sin fin, una forma concreta de la esperanza misma.

Imagínate allí, en el medio de la nieve, con un frío de muerte, con el carro lleno de bikinis brasileños, sostenido solamente por la esperanza de que dentro de poco llegará el sol y el verano va a ser lindo… y no es solamente eso, es creerlo al punto de vender esa esperanza para los otros, contaminarlos… eso es creer demasiado, ¡de verdad!

Si hay algo a lo que uno está expuesto acá en Nueva York es a la esperanza propia y a la de los otros. Existe esta presencia de un sentimiento colectivo de que algo va a suceder, de hacer que algo suceda. Pero la esperanza es naturalmente más compleja que eso. La esperanza se queda depositada en tus manos y pendiente de la circunstancia, al contrario de otras formas de creencia como la fe, por ejemplo, en que uno deja la solución a cargo de otros planos. Y ese ensayo y error no es fácil para nadie. La cosa está en que la esperanza, de modo general, de la misma forma que nos mueve nos regala golpes inciertos que acaban por inmovilizarnos.

El otro día Teresa me preguntó si con $27 lograba comprar un vestido de adulto. Me pareció raro pero le dije que sí. Entonces ella me dijo que quería usar sus ahorros (ella gana un dólar por actividad en la casa) para comprarme un vestido. Juro que no alcancé a esconder la lagrimita de orgullo ─que por casualidad me sale ahora otra vez, mientras escribo aquí─. Esa voluntad suya me dio una esperanza tan grande, un sentimiento de que algo está saliendo bien, de que tal vez podamos estar trayendo a este mundo un poco más de amor por el otro, un poco menos de ombligo propio.

Y ahora yo, que ni pensaba en tener hijos, hoy miro a los niños durmiendo y siento una esperanza enorme que, de hecho, acaba por tornarse fuerza física, voluntad de seguir. Es como si tuviera un cargador personal nocturno.

Marcellas y Teresas me llenan de esperanza cuando muchas veces veo agotada la mía por tanto llenarse y vaciarse dentro de mí. Ellas son como la escultura de Diet Wiegman de arriba, ellas nos recuerdan que la imagen está allá, pero si uno no la vio es porque seguramente está mirando desde el lado equivocado. Ellas nos recuerdan que hay que continuar moviéndose hasta encontrar el punto apropiado, nuestro lugar.

P.S.: Yo sé que el trabajo de Diet Wiegman es genial, pero no hay cómo no decir que es muy divertido también. En caso de que tengas un tiempo, haz un clic en el video abajo para probar la “forma tomando forma” a partir del movimiento (del público o del objeto de arte mismo). 
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