Narciso

Todos los días mis hijos me miran y me dicen que estoy bella. Este fin de semana, por ejemplo, estaba de resaca, en la cama, más muerta que viva, y ellos vinieron con la misma historia. Siempre tuve mucha dificultad a la hora de aceptar elogios. Freud seguramente tendría una explicación para esto, pero esa vaina de aceptar que alguien vió una cosa buena en mí siempre me fue muy compleja.

Recuerdo que en uno de mis primeros empleos y antes del movimiento #metoo, tenía un jefe que me miraba y me decía con el corazón abierto: “¡estás bonita hoy!” –y yo le hacía mala cara–.  Con el tiempo, él me nombró Zulu (la referencia está en el link) y su diversión quedó en decir que estaba bonita para imaginarme bailando con la cara avinagrada –o por lo menos esa fue lo que encontré como pretexto para la situación–.

En la casa de mis abuelos había una reproducción del Narciso de Caravaggio, la cual pintó mi abuelo un día. Estaba en el lado derecho de la pared, bien arriba, sin marco, sobre la TV y la videocasetera con control remoto de cable. Me acuerdo pasando horas sentada en el sofá, mirando a aquel tipo, impresionada con la fascinación que ese hombre tenía por él mismo.

A mí siempre me gustó el espejo, me gusta ver las formas que podemos tomar cuando cambiamos la ropa, la cara, el pelo… Pero lo que estaba en juego por allá era otra cosa. El Narciso estaba hipnotizado de tal forma que no lograba mirar a ninguna otra parte.

Me encantaría verme un día con los ojos de mis hijos. Para decir la verdad, algunas veces llego a dudar de ese dicho sobre que los niños sólo dicen la verdad, y pienso que a los míos lo que en verdad les gusta es ver mi reacción cuando dicen que estoy bella, haciendo lo mismo que hacía mi exjefe. Pero si es así, me gustaría saber cómo es eso de verte bonita cuando te despiertas, de sentirte maravillosa hasta cuando lavas platos en la cocina.

Yo amo ser mujer. Amo la realidad de tener un cuerpo completo, de que me guste cuidarme. Pero esa cosa de apasionarse con la propia belleza desafortunadamente no combina con un espejo lleno de juicios. Por eso admiro a personas que “se creen” bonitas. La propia expresión “creerse” hace justicia a lo que pasa con ellas. Al final, ellas “se creen” tanto que hasta uno empieza a “creerlas” también, a verlas con la belleza con que se ven.

Querría tener esa posibilidad de mirarme y sentir aquel encantamiento del Narciso, aquella pasión abrumadora que lo hace a uno bucear en sí mismo. Tal vez ese sea el temor. Bucear demasiado en uno mismo y descubrir que lo que está adentro es peor aún que el paquete de afuera. O tal vez todo eso sea de hecho una grande tontería.

El Narciso de Caravaggio está en el Palacio Barberini/ Galería Corsini, en Roma e ir allá es aquel tipo de visita que vale la pena tanto por la construcción como por la colección que tienen ahí. No dejes de ver al Papa y al Caravaggio al mismo tiempo. #quedalasugerencia
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