La mujer barbuda

Todo empezó en medio del invierno. Casi todos los días las dos pasaban frente a mí camino a la oficina. La madre cargaba la bebé al frente, en un canguro. Al comienzo la pequeña lloraba desesperadamente, pues nadie estaría feliz de tener aquél frío de 0 °C en la cara. La mamá, vestida de ejecutiva, intentaba no molestarse, pero era claro que las dos sufrían juntas.

Con el tiempo, las dos se acomodaron a la situación. La mamá parecía resignada y no volví a oír llorar más a la niña. Aunque sus mejillitas rojas por el frío no llegaban a abrir una sonrisa, parecía que se había dado cuenta de cuánta cosa interesante para ver había alrededor .


La hija al frente, volteada hacia el mundo, parecía una segunda cabeza de la madre, un cuerpo en el cuerpo, como aquellos seres míticos de la Grecia antigua. Me daba gusto ver a las dos juntas, imaginarlas como una guerrera de dos cabezas que todos los días despertaba para enfrentar a un enemigo superpoderoso.

Todos los días pensaba en sonreírles, no sé, encontrar alguna forma de darles un incentivo, decirles que las admiraba y que de cierta forma también me ayudaban a seguir. Fui intentando una sonrisa tímida. Las semanas pasaron y ellas no correspondían. Pensé que tal vez estarían concentradas, con prisa, o que sencillamente no me habían visto. Insistí un tiempo más en la sonrisa, aunque sin mucho éxito.

Fue entonces que empecé a pensar que la madre tal vez se sentía intimidada por las corbatas y zapatos sociales que pasaban por ella. Tal vez estaba sintiéndose un ser raro en medio de todo, una especie de “Mujer Barbuda” de José de Ribera. Con la impresión de que el corazón se me encogía, fui sintiendo una ansiedad, un deseo de decirle “Yo conozco aquello, que la mujer que trabaja tiene como obligación esconder la maternidad, ignorar que el hijo está enfermo o que no confía tanto en la niñera, poner la primera marcha y acelerar.” Me quedé allí, imaginando el poder de aquella mujer, llevando su bebé, a las siete da la mañana, para algún sitio cerca de la oficina, acelerando el paso, deseando ser invisible.

Entonces me atreví. Saqué mi coraje e, incendiada por el calorcito sin gracia del inicio de la primavera, me estacioné frente a las dos. Estiré mi mano pidiéndoles que también pararan. La madre paró, algo impaciente. Me arriesgué a decirle que las dos juntas me alegraban el día, que las admiraba y les agradecí.

La mamá frunció el ceño, mirándome un poco con miedo. Fue desviando el cuerpo y, sin que me diera cuenta de su maniobra, aceleró el paso, con aquella cara de “Nueva York tiene cada loco…”

Nunca más las volví a ver.

P.S.: José de Ribera era un especialista en retratar personas que se salían de lo convencional en los siglos XVI e XVII. Siempre sentí, al mismo tiempo, un malestar y una empatía con Maddalena Ventura, la mujer barbuda retratada en el post. La barba, la calvicie y la voz grave la afectaron a los 37 años, cuando ya tenía dos hijos y un marido. En la imagen ella alimentaba al tercer hijo a los 52 años. Cada vez que la veo me quedo imaginando qué la hizo aceptar ser retratada… ¿alguien se arriesga a dar una sugerencia?
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