Mariposa

Era bien temprano. El tránsito estaba raro, pues era uno de esos días en que todo funcionaba y, como había llegado bien adelantada, resolví sentarme en una silla delante del césped del Bryant Park. El sol todavía estaba tímido, pero ya había algunas pocas personas esperando por aquella energía calentita para empezar el día.

Fue entonces cuando llegaron los dos. El chico, de ropa de ejecutivo azul muy a la moda, y la chica, en un vestido negro, clásico. Por la intimidad que había entre los dos uno sospechaba que era una relación reciente. Él hablaba estirando las vocales, cambiando la entonación, variándola entre el poder y la dulzura, mientras ella lo acompañaba con los ojos de gatito pedigüeño.

La conversación iba entre lo formal y lo informal propio del comienzo de una relación, donde la cuestión está en impresionar al otro. Fue entonces cuando una mariposa sin gracia, de aquellas anaranjadas bien vagabundas, resolvió pararse sobre la mesa, entre los dos.

No demoró ni un segundo para que la chica estirara las manos y la mariposa aterrizara tranquila en su dedo extendido. Otro segundo y la mariposa voló para el césped, dejándole a la chica aquel malestar propio de alguien que pierde algo muy rápido.

Dejándose llevar por un inconformismo sin fin, el chico bajó para coger la mariposa y devolvérsela a la chica. Presintiendo lo que le venía de frente, la mariposa dio una voladita un poco más distante, pero manteniéndose aún al alcance de la mano.

Así como cuando miramos al equilibrista en el circo, la chica hacía fuerza en contra y a favor de la mariposa. Él dio un paso más. A la chica le pareció chistoso, pero continuó sintiéndose halagada: al final, aquella batalla era toda por ella. La mariposa dio otro vuelo. Sintiéndose desafiado por la risa de la chica y por la destreza del insecto, el chico avanzó aún más rápido, consiguiendo capturar una ala de la mariposa, que se deshizo en polvo entre sus dedos.

La chica empezó a sentir pena por la mariposa, pero no podía demostrarla. Enojado, el chico se sintió como en una misión: ahora ya no había vuelta atrás. Con una ala a la mitad, la mariposa todavía alcanzó a dar una vuelta inútil hasta que el chico la cogió. La chica, ya triste, se sintió apenada al recibir el regalo.

El sol empezó a aparecer más fuerte desde atrás del edificio de la biblioteca pública de Nueva York. Sudando, el chico se levantó, halando a la chica para que se levantara también. Sosteniendo con una mano la mano impaciente del chico y con la otra la mariposa jadeante sin una ala, la chica vaciló.

“¡Suelta ese bicho, vamos rápido que no quiero llegar tarde al trabajo!”, le dijo el chico. La chica abrió las manos, sintiéndose libre como la mariposa.

P.S.: El trabajo de arriba, del artista taiwanés Tung Ming Chin, no es solamente una ilustración de esa historia. Cuando vi a la chica dejando la plaza y la mariposa, me acordé de él y de cómo nosotros, en diferentes situaciones, nos atamos a algo sin saber que lo que queremos, en verdad, es solamente desearlo. Esa membrana que creamos, y que en apariencia puede romperse con un “listo, gané lo que quería”, puede ser, como en el trabajo del artista, más dura e imposible de ser rasgada porque muchas veces ni sabemos por qué queremos. ¡Queda la reflexión y el trabajo de este joven artista que es simplemente increíble!
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